Del 17 al 19 de septiembre, en Areguá, nos reunimos de diversas partes de América: Argentina, Brasil, Colombia, Chile, México y Paraguay, y también de España. En total unos 60 participantes. Participaron 14 hermanas guanellianas, 8 religiosos guanellianos y todos los demás fueron líderes laicos guanellianos de la Pastoral Juvenil.
¿Para qué nos reunimos? Para reflexionar juntos sobre la realidad de la pastoral juvenil y vocacional de Iberoamérica. En esto, nos ayudó el hermano guanelliano brasileño Arilsol Bordignon. Una presentación estupenda que suscitó muchas intervenciones espontáneas entre todos los participantes, lo cual nos hizo comprender que la situación sociocultural de nuestros pueblos americanos es muy semejante. Trabajamos en equipos sobre cuál era el “sueño” que Don Guanella tenía para el mundo y la Iglesia, cómo Don Guanella veía la juventud y qué propuestas concretas podemos hacer a la pastoral juvenil.
El segundo día, guiados por el profesor de la Universidad de Santiago de Chile, Gonzalo Reyes y por la hermana guanelliana Elizabeth González, argentina, afincada en Chile, reflexionamos sobre las capacidades y competencias que debe tener un líder juvenil guanelliano. Las reuniones de grupo fueron muy importantes y se elaboraron una serie de materiales que han de servir para que el equipo iberoamericano de Pastoral Juvenil y Vocacional (PJV) elabore un “Documento Base” para poder redactar, posteriormente, los Proyectos Provinciales de PJV, rescatando todo el material que ya se trabajó en los encuentros de Renca-Chile (2005) y Canela-Brasil (2008).
El último día sirvió para sacar conclusiones, para hacer una evaluación del Congreso y para invitar a toda la juventud guanelliana de América a la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid en agosto de 2011. El Congreso se cerró con un gracias a Dios por todo lo vivido, en una Eucaristía presidida por P. Sergio Rojas, superior de la Provincia Cruz del Sur.
Algunos aspectos a destacar del Congreso fueron la unidad y el trabajo de equipo entre las dos Congregaciones guanellianas y los líderes laicos de la PJV. El buen ambiente que se creó entre todos, como una gran e internacional familia, al estilo guanelliano, el ambiente de fe que se vivió en la oración y las eucaristías y la alegría que, sobre todo los jóvenes, contagiaron a los participantes.
P. Alfonso Martínez SdC








esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido de nuevo considerar y comprender. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro «sí». Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta vocación. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al corazón de jóvenes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. Si el Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios. De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. La palabra de Cristo, que hemos entonado como canto de entrada en la liturgia, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser sacerdotes: «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt. 11,29).